Ningún acto emanado de la integridad y voluntad del hombre resulta más genuino que el que se genera a partir de su ingenio, de su talento, de su genio creativo. Esa expresión que surge de la inmaterialidad del ser, perfectamente perceptible por los sentidos y que cobra forma material en los soportes físicos que ofrece el mundo de la innovación, es lo que denominamos Creación Artística, la cual a partir de la contemplación deviene en un proceso, a veces sin códigos y otras tantas veces misterioso.
De ahí que para entender la belleza de las artes hemos querido detenernos en esos momentos que van desde la gestación hasta el parto de una obra artística, sin dejar de apreciar los elementos que le permiten disfrutar de una posesión de estado: nombre, trato y fama.
La contemplación, sin lugar a dudas, es como la lluvia de ideas, así interactúan los colores del arcoíris, el azul del cielo, la mansedumbre de las aguas, el fuego del sol, la destilación de amor gota a gota desde las arterias espirituales de los seres humanos; de ahí surge la selección de la idea, constituyendo ésta la primera etapa del proceso creativo.
Una vez seleccionada la idea, ésta per se no tiene valor alguno, mientras se encuentra encerrada en la mente del autor o creador artístico. Es cuando se da rienda suelta a la imaginación y se expresa en forma material cuando podemos decir que estamos frente a una obra, bien sea literaria, artística o científica.
Dentro de esa esfera encontramos poemas, libros, canciones (letra y música), esculturas, obras de la plástica, entre otras. Como he dicho, todas resultantes de ese ejercicio único que marca la impronta del creador con su sello personal, cargadas de un alto contenido estético, como ocurre en las obras de artes plásticas, así como de un determinante componente emocional que puede ser recibido y percibido por nuestros sentidos como: dolor o alegría, salado o amargo, dulce o ácido, tal es el caso de las obras musicales.
Las obras del espíritu emanan misteriosamente de una fuente oculta de conocimiento que a veces fluye cual torrente de río caudaloso que repentinamente cambia su cauce y desaparece por disposición de la vigorosa madre natura, manifestándose jamás. Otras, cual fieles musas, visitan y se regalan al individuo día a día, como si se tratara de una mera costumbre soportada en un tecnicismo productivo no menos oficioso (de hecho Joan Manuel Serrat ha dicho que el diez por ciento de una obra musical es inspiración y el otro noventa por ciento es trabajo, por ello se habla hoy en día de la escuela de Serrat.)
Sin embargo, es curioso como el influjo de una noche puede llegar a dimensionar el espíritu de un individuo hasta incluirlo en las listas de los inmortales de la humanidad, tal fue el caso de Claude – Joseph Rouget de Lisle[1], autor de La Marsellesa, hermoso himno de Francia, quien logró salvar su vida por haber sido autor de dicha obra y de quien jamás se ha tenido noticias de que realizara otra obra musical de semejante grandeza y universalidad.
Sin temor a equivocarnos, la fuente de la creación artística es siempre misteriosa, puede ser divina como tenebrosa, objetivamente real como trivial, eso no se sabe, por eso hay obras que resultan de las fuerzas del bien y otras inspiradas por el mal.
Lo que sí es cierto, es que el éxito de una obra dependerá medularmente de la aprobación del público con sus aplausos cuando ésta es puesta en contacto con él, ya fuera del pensamiento del autor, ora divina, ora, diabólica.
Así, la etapa final del proceso de creación artística se corona con la obligación que tienen los Estados de legislar para su reconocimiento y protección, toda vez que entran a formar parte del patrimonio cultural de los pueblos.
En una próxima entrega hablaremos de los aspectos de protección de las obras artísticas y literarias, pero de que sin la creación artística el mundo sería inhabitable, NO LO DUDE, POR ESO SE LO DIGO "EN LETRAS DE CAJON".
[1] Lons-le-Saunier, Francia, 1760-Choisy-le-Roi, id., 1836) Militar francés. Alcanzó el grado de capitán en el ejército y, pese a sus reconocidas dotes, abandonó la carrera de las armas antes de lograr mayor graduación. Su participación en la Revolución Francesa fue considerada moderada y su celebridad se debe a la composición, la noche del 25 de abril de 1792, de la canción Canto de Guerra para el ejército del Rin, con motivo de la exaltación causada por la declaración de guerra a Austria. El hecho de que los asaltantes de las Tullerías procedentes de Marsella entonaran la canción durante su insurrección hizo que muy pronto se conociera como La Marsellesa, pasó a ser himno nacional de Francia en 1879, durante la III República. Su autor pudo librarse de ser condenado durante el Terror gracias al éxito que obtuvo su composición